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GALDÓS Y DOÑA PERFECTA


Homenaje a Benito Pérez Galdós

DÍA 2

Retrato de Galdós por Bain, 1905



DOÑA PERFECTA


(Publicada en 1876)



«Doña Perfecta esboza con un relieve artístico inigualable el conflicto ideológico entre la clase alta, tradicionalista, y la emergente clase media liberal. Galdós busca una voz imparcial, un narrador con autoridad moral, apto para presentar al lector una actitud alternativa al régimen social conservador.»
Germán Gullón, Espasa, Austral Narrativa 544.
****




I


¡VLLAHORRENDA!… ¡CINCO MINUTOS!…



Cuando el tren mixto descendente número 65 (no es preciso nombrar la línea) se
detuvo en la pequeña estación situada entre los kilómetros 171 y 172, casi todos los viajeros de
segunda y tercera clase se quedaron durmiendo o bostezando dentro de los coches, porque el frío
penetrante de la madrugada no convidaba a pasear por el desamparado andén. El único viajero de
primera que en el tren venía bajó apresuradamente, y dirigiéndose a los empleados, preguntoles si
aquel era el apeadero de Villahorrenda. (Este nombre, como otros muchos que después se verán, es
propiedad del autor.)


—En Villahorrenda estamos – repuso el conductor cuya voz se confundía con el
cacarear de las gallinas que en aquel momento eran subidas al furgón--. Se me había
olvidado llamarle a Vd., señor de Rey. Creo que ahí le esperan a Vd. con las caballerías.

—¡Pero hace aquí un frío de tres mil demonios! – dijo el viajero envolviéndose en su
manta –. ¿No hay en el apeadero algún sitio dónde descansar y reponerse antes de
emprender un viaje a caballo por este país de hielo?



No había concluido de hablar, cuando el conductor, llamado por las apremiantes obligaciones de su
oficio, marchose, dejando a nuestro desconocido caballero con la palabra en la boca. Vio este que se
acercaba otro empleado con un farol pendiente de la derecha mano, el cual movíase al compás de la
marcha, proyectando geométrica serie de ondulaciones luminosas. La luz caía sobre el piso del andén, formando un zig-zag semejante al que describe la lluvia de una regadera.



–- ¿Hay fonda o dormitorio en la estación de Villahorrenda? – preguntó el viajero al del
farol.

---Aquí no hay nada – respondió este secamente, corriendo hacia los que cargaban y
echándoles tal rociada de votos, juramentos, blasfemias y atroces invocaciones que
hasta las gallinas escandalizadas de tan grosera brutalidad, murmuraron dentro de sus
cestas.



—Lo mejor será salir de aquí a toda prisa – -dijo el caballero para su capote –. El
conductor me anunció que ahí estaban las caballerías.



Esto pensaba, cuando sintió que una sutil y respetuosa mano le tiraba suavemente del abrigo.
Volviose y vio una oscura masa de paño pardo sobre sí misma revuelta y por cuyo principal pliegue
asomaba el avellanado rostro astuto de un labriego castellano. Fijose en la desgarbada estatura que
recordaba al chopo entre los vegetales; vio los sagaces ojos que bajo el ala de ancho sombrero de
terciopelo viejo resplandecían; vio la mano morena y acerada que empuñaba una vara verde, y el
ancho pie que, al moverse, hacía sonajear el hierro de la espuela.



—¿Es Vd. el Sr. D. José de Rey? – preguntó echando mano al sombrero.



—Sí; y Vd. – repuso el caballero con alegría- será el criado de doña Perfecta que viene
a buscarme a este apeadero para conducirme a Orbajosa.



—El mismo. Cuando Vd. guste marchar... La jaca corre como el viento. Me parece
que el señor D. José ha de ser buen jinete. Verdad es que a quien de casta le viene…



—¿Por dónde se sale? -dijo el viajero con impaciencia-. Vamos, vámonos de aquí,
señor... ¿Cómo se llama Vd.?



—Me llamo Pedro Lucas – respondió el del paño pardo, repitiendo la intención de
quitarse el sombrero – pero me llaman el tío Licurgo. ¿En dónde está el equipaje del
señorito?



—Allí bajo el reloj lo veo. Son tres bultos. Dos maletas y un mundo de libros para el
Sr. D. Cayetano. Tome Vd. el talón.



Un momento después señor y escudero hallábanse a espaldas de la barraca llamada estación, frente
a un caminejo que partiendo de allí se perdía en las vecinas lomas desnudas, donde confusamente
se distinguía el miserable caserío de Villahorrenda. Tres caballerías debían transportar todo,
hombres y mundos. Una jaca, de no mala estampa, era destinada al caballero. El tío Licurgo
oprimiría los lomos de un cuartago venerable, algo desvencijado aunque seguro, y el macho cuyo
freno debía regir un joven zagal de piernas listas y fogosa sangre, cargaría el equipaje.



Antes de que la caravana se pusiese en movimiento, partió el tren, que se iba escurriendo por la vía
con la parsimoniosa cachaza de un tren mixto. Sus pasos, retumbando cada vez más lejanos,
producían ecos profundos bajo tierra. Al entrar en el túnel del kilómetro 172, lanzó el vapor por el
silbato, y un aullido estrepitoso resonó en los aires. El túnel, echando por su negra boca un hálito
blanquecino, clamoreaba como una trompeta, al oír su enorme voz, despertaban aldeas, villas,
ciudades, provincias.
Aquí cantaba un gallo, más allá otro. Principiaba a amanecer.





II


UN VIAJE POR EL CORAZÓN DE ESPAÑA





Cuando, empezada la caminata, dejaron a un lado las casuchas de Villahorrenda, el
caballero, que era joven y de muy buen ver, habló de este modo:



—Dígame Vd., Sr. Solón…



—Licurgo, para servir a Vd…



—Eso es, Sr. Licurgo. Bien decía yo que era usted un sabio legislador de la
antigüedad. Perdone Vd. la equivocación. Pero vamos al caso. Dígame Vd., ¿cómo está
mi señora tía?



—Siempre tan guapa – repuso el labriego, adelantando algunos pasos su caballería-. Parece
que no pasan años por la señora doña Perfecta. Bien dicen que al bueno Dios le da larga
vida. Así viviera mil años ese ángel del Señor. Si las bendiciones que le echan en la tierra
fueran plumas, la señora no necesitaría más alas para subir al cielo.



—¿Y mi prima la señorita Rosario?



—¡Bien haya quien a los suyos parece! -dijo el aldeano-. ¿Qué he de decirle de doña
Rosarito, sino que es el vivo retrato de su madre? Buena prenda se lleva Vd., caballero
D. José, si es verdad, como dicen, que ha venido para casarse con ella. Tal para cual, y
la niña no tiene tampoco por qué quejarse. Poco va de Pedro a Pedro.



—¿Y el Sr. D. Cayetano?



—Siempre metidillo en la faena de sus libros. Tiene una biblioteca más grande que la
catedral, y también escarba la tierra para buscar piedras llenas de unos demonches de
garabatos que dicen escribieron los moros.



—¿En cuánto tiempo llegaremos a Orbajosa?



—A las nueve, si Dios quiere. Poco contenta se va a poner la señora cuando vea a su
sobrino... ¿Y la señorita Rosarito que estaba ayer disponiendo el cuarto en que Vd. ha
de vivir...? Como no le han visto nunca, la madre y la hija están que no viven, pensando
en cómo será este Sr. don José. Ya llegó el tiempo de que callen cartas y hablen barbas.
La prima verá al primo y todo será fiesta y gloria. Amanecerá Dios y medraremos, como dijo el otro.



—Como mi tía y mi prima no me conocen todavía -dijo sonriendo el caballero-, no es
prudente hacer proyectos.



—Verdad es; por eso se dijo que uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla -repuso el
labriego-. Pero la cara no engaña... ¡Qué alhaja se lleva Vd.! ¡Y qué buen mozo ella!



El caballero no oyó las últimas palabras del tío Licurgo, porque iba distraído y algo meditabundo.
Llegaban a un recodo del camino, cuando el labriego, torciendo la dirección a las caballerías, dijo:



—Ahora tenemos que echar por esta vereda. El puente está roto y no se puede vadear el río
sino por el cerrillo de los Lirios.



—¡El cerrillo de los Lirios! – dijo el caballero, saliendo de su meditación-. ¡Cómo abundan
los nombres poéticos en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras, me
sorprende la horrible ironía de los nombres. Tal sitio que se distingue por su árido aspecto y
la desolada tristeza del negro paisaje, se llama Valle-ameno. Tal villorrio de adobes que
miserablemente se extiende sobre un llano estéril y que de diversos modos pregona su
pobreza, tiene la insolencia de nombrarse Villa-rica; y hay un barranco pedregoso y
polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y que sin embargo se llama Valdeflores.
¿Eso que tenemos delante es el Cerrillo de los Lirios? ¿Pero dónde están esos lirios, hombre
de Dios? Yo no veo más que piedras y yerba descolorida. Llamen a eso el Cerrillo de la
Desolación y hablarán a derechas. Exceptuando Villahorrenda, que parece ha recibido al
mismo tiempo el nombre y la hechura, todo aquí es ironía. Palabras hermosas realidad
prosaica y miserable. Los ciegos serían felices en este país, que para la lengua es paraíso y
para los ojos infierno.



El Sr. Licurgo, o no entendió las palabras del caballero Rey o no hizo caso de ellas. Cuando
vadearon el río, que turbio y revuelto corría con impaciente precipitación, como si huyera de sus
propias orillas, el labriego extendió el brazo hacia unas tierras que a la siniestra mano en grande y desnuda extensión se veían, y dijo:



---Estos son los Alamillos de Bustamante.



—¡Mis tierras! – exclamó con júbilo el caballero, tendiendo la vista por el triste campo
que alumbraban las primeras luces de la mañana-. Es la primera vez que veo el patrimonio
que heredé de mi madre. La pobre hacía tales ponderaciones de este país, y me contaba
tantas maravillas de él, que yo, siendo niño, creía que estar aquí era estar en la gloria.
Frutas, flores, caza mayor y menor, montes, lagos, ríos, poéticos arroyos, oteros pastoriles,
todo lo había en los Alamillos de Bustamante, en esta tierra bendita, la mejor y más
hermosa de todas las tierras... ¡Qué demonio! La gente de este país vive con la imaginación.
Si en mi niñez, y cuando vivía con las ideas y con el entusiasmo de mi buena madre, me
hubieran traído aquí, también me habrían parecido encantadores estos desnudos cerros, estos
llanos polvorientos o encharcados, estas vetustas casas de labor, estas norias desvencijadas,
cuyos canjilones lagrimean lo bastante para regar media docena de coles, esta desolación
miserable y perezosa que estoy mirando.



—Es la mejor tierra del país -dijo el Sr. Licurgo – y para el garbanzo es de lo que no
hay.



—Pues lo celebro, porque desde que las heredé no me han producido un cuarto estas
célebres tierras.



El sabio legislador espartano se rascó la oreja y dio un suspiro.



—Pero me han dicho – continuó el caballero – que algunos propietarios colindantes han
metido su arado en estos grandes estados míos y poco a poco me los van cercenando.
Aquí no hay mojones, ni linderos, ni verdadera propiedad, Sr. Licurgo.



El labriego después de una pausa, durante la cual parecía ocupar su sutil espíritu en profundas
disquisiciones, se expresó de este modo:

—El tío Paso Largo, a quien llamamos el Filósofo por su mucha trastienda, metió el
arado en los Alamillos por encima de la ermita, y roe que roe, se ha zampado seis
fanegadas.



—¡Qué incomparable escuela! – exclamó riendo el caballero –. Apostaré que no ha sido
ese el único… filósofo.



—Bien dijo el otro, que quien las sabe las tañe, y si al palomar no le falta cebo no le
faltarán palomas... Pero Vd., Sr. D. José, puede decir aquello de que el ojo del amo
engorda la vaca, y ahora que está aquí vea de recobrar su finca.



—Quizás no sea tan fácil, Sr. Licurgo – repuso el caballero, a punto que entraban por una
senda a cuyos lados se veían hermosos trigos que con su lozanía y temprana madurez
recreaban la vista-. Este campo parece mejor cultivado. Veo que no todo es tristeza y
miseria en los Alamillos.



El labriego puso cara de lástima, y afectando cierto desdén hacia los campos elogiados por el
viajero, dijo en todo humildísimo:



—Señor, esto es mío.



—Perdone Vd. -replicó vivamente el caballero- ya quería yo meter mi hoz en los
estados de usted. Por lo visto la filosofía aquí es contagiosa.



Bajaron inmediatamente a una cañada que era lecho de pobre y estancado arroyo, y pasado este,
entraron en un campo lleno de piedras, sin la más ligera muestra de vegetación.



–-Esta tierra es muy mala – dijo el caballero volviendo el rostro para mirar a su guía y
compañero que se había quedado un poco atrás-. Difícilmente podrá Vd. sacar partido de
ella, porque todo es fango y arena.



Licurgo, lleno de mansedumbre, contestó:



—Esto... es de Vd.



—Veo que aquí todo lo malo es mío – afirmó el caballero riendo jovialmente.



Cuando esto hablaban tomaron de nuevo el camino real. Ya la luz del día, entrando en alegre
irrupción por todas las ventanas y claraboyas del hispano horizonte, inundaba de esplendorosa
claridad los campos. El inmenso cielo sin nubes parecía agrandarse más y alejarse de la tierra para
verla y en su contemplación recrearse desde más alto. La desolada tierra sin árboles, pajiza a
trechos, a trechos de color gredoso, dividida toda en triángulos y cuadriláteros amarillos o
negruzcos, pardos o ligeramente verdegueados, semejaba en cierto modo a la capa del harapiento
que se pone al sol.
Sobre aquella capa miserable, el cristianismo y el islamismo habían trabado épicas
batallas. Gloriosos campos, sí, pero los combates de antaño les habían dejado horribles.



— Me parece que hoy picará el sol, Sr. Licurgo – dijo el caballero desembarazándose un
poco del abrigo en que se envolvía-. ¡Qué triste camino! No se ve ni un solo árbol en
todo lo que alcanza la vista. Aquí todo es al revés. La ironía no cesa. ¿Por qué si no hay
aquí álamos grandes ni chicos, se ha de llamar esto los Alamillos?



El tío Licurgo no contestó a la pregunta, porque con toda su alma atendía a lejanos ruidos que de
improviso se oyeron, y con ademán intranquilo detuvo su cabalgadura, mientras exploraba el
camino y los cerros lejanos con sombría mirada.



—¿Qué hay? – preguntó el viajero, deteniéndose también.

—¿Trae Vd. armas, D. José?

—Un revólver... ¡Ah!, ya comprendo. ¿Hay ladrones?

—Puede... -repuso el labriego con mucho recelo-. Me parece que sonó un tiro.

—Allá lo veremos... ¡adelante! -dijo el caballero picando su jaca-. No serán tan
temibles.

— Calma, Sr. D. José – exclamó el aldeano deteniéndole – esa gente es más mala que
Satanás. El otro día asesinaron a dos caballeros que iban a tomar el tren... Dejémonos de
fiestas. Gasparón el Fuerte, Pepito Chispillas, Merengue y Ahorca-Suegras no me verán
la cara en mis días. Echemos por la vereda.

—Adelante, Sr. Licurgo.

—Atrás, Sr. D. José – replicó el labriego con afligido acento –. Vd. no sabe bien qué
gente es esa. Ellos fueron los que el mes pasado robaron de la iglesia del Carmen el
copón, la corona de la Virgen y dos candeleros; ellos fueron los que hace dos años
saquearon el tren que iba para Madrid.



D. José, al oír tan lamentables antecedentes, sintió que aflojaba un poco su intrepidez.



—¿Ve Vd. aquel cerro grande y empinado que hay allá lejos? Pues allí se esconden
esos pícaros en unas cuevas que llaman la Estancia de los Caballeros.

—¡De los Caballeros!

—Sí señor. Bajan al camino real, cuando la guardia civil se descuida, y roban lo que
pueden. ¿No ve Vd. más allá de la vuelta del camino, una cruz, que se puso en memoria
de la muerte que dieron al alcalde de Villahorrenda cuando las elecciones?

—Sí, veo la cruz.

—Allí hay una casa vieja, en la cual se esconden para aguardar a los trajineros. A
aquel sitio llamamos las Delicias.

—¡Las Delicias!

—Si todos los que han sido muertos y robados al pasar por ahí resucitaran, podría
formarse con ellos un ejército.



Cuando esto decían, oyéronse más de cerca los tiros, lo que turbó un poco el esforzado corazón de
los viajantes, pero no el del zagalillo, que retozando de alegría pidió al Sr. Licurgo licencia para
adelantarse y ver la batalla que tan cerca se había trabado. Observando la decisión del muchacho,
avergonzose D. José de haber sentido miedo o cuando menos un poco de respeto a los ladrones y
exclamó, espoleando la jaca:



—Pues allá iremos todos. Quizás podamos prestar auxilio a los infelices viajeros que
en tan gran aprieto se ven, y poner las peras a cuarto a los caballeros.



Esforzábase el labriego en convencer al joven de la temeridad de sus propósitos, así como de lo
inútil de su generosa idea, porque los robados, robados estaban y quizás muertos, y en situación de
no necesitar auxilio de nadie. Insistía el señor a pesar de estas sesudas advertencias, contestaba el
aldeano, oponiendo la más viva resistencia, cuando la presencia de dos o tres carromateros que por
el camino abajo tranquilamente venían conduciendo una galera, puso fin a la cuestión. No debía de
ser grande el peligro cuando tan sin cuidado venían aquellos, cantando alegres coplas; y así fue en
efecto, porque los tiros, según dijeron, no eran disparados por los ladrones, sino por la guardia civil,
que de este modo quería cortar el vuelo a media docena de cacos que ensartados conducía a la
cárcel de la villa… (…)
***






La novela continúa y...




Es ésta una de las novelas de la primera época de Galdós (publicada en 1876). A mí me gustó mucho cuando la leí. En esta publicación comparto una foto que he realizado al libro de la edición de Germán Gullón, en Austral Narrativa, que es un libro de mi pequeña pero gran biblioteca. Este libro lo compré en una librería, creo en un viaje por Jaca, hace unos cuantos años, y os confieso que su título atrapó mi curiosidad al instante.

Doña Perfecta transcurre en las tierras duras y frías del interior, tal vez de la Meseta castellana (o no) en esa España tradicionalista y muy conservadora de entonces, en un pueblo de liturgias, voces de mando, caciquismos, caciques, señores y mandados, guerras, forajidos y diferencias sociales insalvables.

A poco de empezar a leer, la mitad aventura - mitad pesadilla de Pepe Rey me hizo entender conductas y personajes que aún existen en algunos recovecos de nuestro país y supongo que en muchos sitios por el largo y ancho mundo, aunque vayan vestidos con otras ropas y otros nombres diferentes...

En Villahorrenda he estado yo. ¿Y tú?

Alguno  también. A lo mejor de paso.

Villahorrenda no es un lugar concreto, sino una forma de ver, de hacer y de entender (o no entender)... Aún quedan unas cuantas Villahorrendas y sus caciques quisieran gobernar y dictar a su conveniencia sin que nadie les obstaculizara nunca. Y existen en el mundo esas Orbajosas pueblerinas o provincianas, que no existen en el mapa ni en ningún sitio excepto en la novela de Galdós y su gran imaginación volcada en reflejar la realidad.

Ya dice Galdós que los nombres se los inventa: desde luego, producen efecto instantáneo. 

Doña Perfecta es el ideal para la tía del pobre Pepe Rey, que desconoce en qué meollo se está metiendo..., y don Inocencio Tinieblas, confesor, canónigo de la catedral. 


La tía y el canónigo representan a esa parte del mundo que vive en “Tinieblas” y se creía “Perfecta” y que Galdós quería desenmascarar: la que chocaba desde el principio con lo que Pepe Rey traía en su mochila de ingeniero: progreso y juventud, en pocas palabras, el laicismo, el pensamiento libre por el que abogaba Galdós.

Inocencio y Perfecta son dos resentidos, viven en tinieblas por su propia amargura. Ella enviudó de un mujeriego y jugador que la dejó sin blanca. En la provincianidad religiosa de Orbajosa (riman, y estoy sospechando que a propósito) doña Perfecta es respetada y respetable. Don Inocencio, de orígen humilde, tiene un poder casi absoluto. Él (como el señor Magistral de Clarín) medró en la Iglesia y ascendió socialmente gracias a su ambición. Doña Pefecta y don Inocencio se parecen y hacen piña, ya que son igual de faltos de escrúpulos.

Pepe Rey, protagonista, es un joven ingeniero que estudió en Alemania. Su padre y doña Perfecta convinieron hace tiempo que él y su prima Rosario contrajeran matrimonio. Precisamente para conocer a Rosario llega el joven a Orbajosa. A partir de ahí, va destapándose el propósito de cada personaje y su naturaleza.

Si no podéis esperar más a leerla para saber lo que ocurre, en el enlace al final de este texto tenéis Doña Perfecta en PDF, gratuitamente y al instante.
Os animo a su lectura. 

Si podéis, comprad el libro. Para mí siempre es mejor: al menos, este que yo tengo contiene una Introducción excelente de Germán Gullón. En esa introducción se descubren muchas cosas del Realismo, de Galdós, de la Literatura y de la España de su tiempo: «Galdós, novelista del siglo XIX: Doña Perfecta (1876)».


ADEMÁS, en esta edición se añadieron cuatro finales diferentes que se publicaron en distintas versiones y ediciones, un detalle curioso.

Agradecimientos a: LIBROS MORROCOTUDOS

También os dejo unos enlaces para ver la película y su ficha técnica.

NOVELA PARA VER Y DESCARGAR EN PDF



PEREZ GALDOS EN NUESTRO CINE: FICHA TECNICA DE 

DOÑA PERFECTA



PARA VER ONLINE LA PELICULA:


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