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Hoy recordamos...

FÉDOR DOSTOIEVSKI: El sueño de un hombre ridículo

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EL SUEÑO DE UN HOMBRE RIDÍCULOFédor Dostoievski

I
Soy un hombre ridículo. Ahora ellos me llaman loco. Y eso podría haberme supuesto un ascenso de grado, si no me siguieran considerando igual de ridículo que antes. Ahora no me enfado y todos me parecen simpáticos; incluso cuando se burlan de mí siguen de algún modo pareciéndome especialmente dulces. De buena gana me reiría con ellos –no ya de mí, sino por afecto hacia ellos- si no fuera por la tristeza que siento cuando los miro. Y me siento triste porque ellos desconocen la verdad, y yo sí la sé. ¡Oh, qué difícil le resulta a uno conocer la verdad! Pero ellos no lo entenderán. No, no lo entenderán.
Antes me angustiaba porque les parecía ridículo. Más que parecerlo, lo era. Siempre fui ridículo, y lo sé probablemente desde el día de mi nacimiento. Seguramente supe que era ridículo desde que tenía siete años. Después estudié en la escuela, más tarde en la universidad. Y ¿qué es lo que sucedió? Pues que cuanto más estudiaba, más me conve…

Vicente Blasco Ibáñez: "EL OGRO"

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EL OGROVicente Blasco Ibáñez



En todo el barrio del Pacifico era conocido aquel endiablado carretero que alborotaba lascalles con sus gritos y los furiosos chasquidos de su tralla.Los vecinos de la gran casa en cuyo bajo vivía habían contribuido a formar su malareputación... ¡Hombre más atroz y mal hablado! ... ¡Y luego dicen los periódicos que la Policíadetiene a los blasfemos!Pepe el carretero hacia méritos diariamente, según algunos vecinos, para que le cortaran lalengua y le llenasen la boca de plomo ardiendo, como en los mejores tiempos del Santo Oficio.Nada dejaba en paz, ni humano ni divino. Se sabia de memoria todos los nombres venerables delalmanaque, únicamente por el gusto de faltar, y así que se enfadaba con sus bestias ylevantaba el látigo, no quedaba santo, por arrinconado que estuviese en alguna de las casillas delmes, al que no profanase con las más sucias expresiones. En fin: ¡un horror!; y lo más censurableera que, al encararse con sus tozudos animales, azuzándolo s co…

Una incontinencia fabulosa

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UNA INCONTINENCIA FABULOSA

Mi abuela sufría una incontinencia que nadie se atrevía a nombrar. Desde niña, le sucedieron tantas desgracias que sus ojos se aficionaron a llorar y lloraba a todas horas, a toda máquina. Lloraba por sus recuerdos, por los horrores de la guerra, las enfermedades, el hambre. Lo que más alimentaba su llanto era la pérdida de sus hermanos, de sus padres, de sus calamidades vividas durante la guerra: desgracias que le llenaban el alma de tristeza.
Se ponía un mandil de cuadritos grises sobre la falda y la blusa para no ensuciarse cuando estaba en su casa. El mandil tenía un bolsillo. Un día descubrí en él una cajita de porcelana donde mi abuela guardaba sus lágrimas. Porque ––es la primera vez que se hace pública esta singularidad––, comenzaré explicando que las lágrimas de mi abuela no eran normales, sino muy extraordinarias. Tenían un perfume antiguo, esencia de lilas, y una consistencia gelatinosa, y eran de color morado como la flor del azafrán.
Lo que na…