Una incontinencia fabulosa





UNA INCONTINENCIA FABULOSA


Mi abuela sufría una incontinencia que nadie se atrevía a nombrar. Desde niña, le sucedieron tantas desgracias que sus ojos se aficionaron a llorar y lloraba a todas horas, a toda máquina. Lloraba por sus recuerdos, por los horrores de la guerra, las enfermedades, el hambre. Lo que más alimentaba su llanto era la pérdida de sus hermanos, de sus padres, de sus calamidades vividas durante la guerra: desgracias que le llenaban el alma de tristeza.

Se ponía un mandil de cuadritos grises sobre la falda y la blusa para no ensuciarse cuando estaba en su casa. El mandil tenía un bolsillo. Un día descubrí en él una cajita de porcelana donde mi abuela guardaba sus lágrimas. Porque ––es la primera vez que se hace pública esta singularidad––, comenzaré explicando que las lágrimas de mi abuela no eran normales, sino muy extraordinarias. Tenían un perfume antiguo, esencia de lilas, y una consistencia gelatinosa, y eran de color morado como la flor del azafrán.

Lo que nadie sabía, era que unos super poderes brotaban de ellas, ni que tomaban su fuerza del amor que sentía por nosotros. La flor del azafrán era la iniciadora de ese hechizo que de joven le salvó de morir de hambre al ganarse la vida en su cosecha, y después, en su vejez, se había convertido de algún modo en un poder sobrenatural que se materializaba en lágrimas.

Como era tan niña, la abuela era muy traviesa. Jugaba con sus lágrimas. Un día bautizó con ellas a un perro muerto y el cánido se levantó ladrando, dando vueltas de alegría y curado de todos sus males. Otro día, se las puso de colirio a un pordiosero bizco y este pobre hombre despertó con la disposición para trabajar a la vez que sus ojos miraban derechos por primera vez en su vida. Eso sí que era milagroso: mi abuela había logrado enderezar también un comportamiento que parecía irremediable.
En otra ocasión, dejó que sus lágrimas volasen en mitad de una avenida para que el viento las esparciera por la ciudad, y ese día, único en la Historia, no se produjo ningún accidente en toda Valencia.

Decían los mayores que en tiempos de hambruna y posguerra la abuela lloraba diez minutos seguidos a un puchero y el caldo, aguado e insustancial, adquiría una extraordinaria espesura y un gusto muy sabroso. Nadie entendía cómo, estando vacía la despensa, aparecían ricos manjares de la noche a la mañana en la olla de los pobres. ¿Cómo lo hacía?
Aquellos que probaban sus guisos el día de Navidad entraban en trance y levitaban.

Un veinticinco de diciembre de mil novecientos setenta y seis, salieron volando los comensales tras deglutir su plato estrella: “Carne mechada con lágrimas crujientes”. Veinticuatro horas después, aterrizaban ––hombres, mujeres y niños–– al otro lado de la ciudad, desinhibidos y felices (como si hubieran bebido o esnifado alguna sustancia extraña).
Un agente de la guardia civil les condujo al cuartel. Imaginen, doce personas volantes no identificadas conducidas a prestar declaración. No recordaban nada, excepto que salieron por las ventanas del comedor de la casa de los abuelos, precisamente cuando comenzaban a digerir el sabroso guiso de lágrimas y carne mechada rellena de olivitas, pimiento morrón y picadillo secreto de la abuela.

En invierno, el abuelo ––pedazo de pan, comunmente llamado “calzonazos” –– encendía un hornillo de carbón y lo ponía bajo la mesa. Entonces, la abuela dejaba caer sus lágrimas en ocho candelas de aceite, y éstas quedaban suspendidas en el aire sin nada que las sujetara al techo.
Muchos no creían en su magia, pero las lágrimas de la abuela no tenían trampa ni cartón.
Eran como los rayos del sol ultravioletas: aunque no se notaban, traspasaban la piel hasta el fondo del alma. Hacían cosquillas. Limonadas. El arroz más sabroso del mundo. Nos abrazaban. Nos besaban. Curaban resfriados. Destaponaban oídos. Olían a lavanda. Eran tontas. Sencillas. Silenciosas. Comprensivas. Lo perdonaban todo. Nos perdonaban.

Sucedió que una noche le llamaron del hospital para informarle de un accidente. La abuela salió entonces tan deprisa que, al quitarse el mandil, olvidó coger la cajita de porcelana.
Aún me pregunto que hubiera sucedido si, disponiendo de una sola de sus lágrimas, la hubiera vertido sobre mi corazón cuando éste se detuvo.
Está claro que ésta y todas las Navidades habrían sido muy distintas.

Es un relato de María José Martí
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